Al arribar a la comunidad tropezamos con la noticia. Más inestable y caluroso se tornó el día, y al llegar a El Simbolar nos descubrimos un hueco, como si algo muy propio se nos hubiera extraviado en la lejanía. Don Juan Castaño, el más antiguo y referente de la comunidad se había fundido en un eterno abrazo con la tierra por la que tanto luchó y a la que nunca quiso abandonar.
Es costumbre entre las comunidades recordar en los meses y años posteriores a la muerte de una persona, su vida, su historia, sus inquietudes y sus conquistas. El calor de un fuego hermano los agolpa a su alrededor e ilumina sus historias. Desvelan la noche y sorprenden al día en sus primeros respiros, en esa hora en la que reina el mate y la quietud. Relatan la vida de quien se fue, esa es la mejor forma de no olvidarlo, de seguir al lado de él y de que su recuerdo siga nutriendo a los que aún quedamos de este lado de la tierra.
Así pasaron los primeros días en El Simbolar, recordando al hombre de más edad en la comunidad. Juan Castaño trabajó durante muchos años en los obrajes y en los ingenios salteños a cambio de escasas monedas, numerosos maltratos y abundantes problemas de salud. Entre otras cosas, es recordado por haber defendido parte de las tierras que intentaron arrebatarles, por alambrar el predio donde funciona la escuela de la comunidad, fue perseguido y secuestrado junto a su hijo. Quienes lo conocieron, recordarán sus pequeños ojos, sus grandes manos, su paso cansino y su inalterable paz al hablar.
Solemos huir de la posibilidad de indagar en la muerte. Será por eso que siempre nos sorprende a medio vestir, sin reparar en que es el único e ineludible destino, el último punto en donde convergen todos los caminos del hombre.
Recordaremos a Don Castaño y servirá para aprender. Nos habrá enseñado, aún desde la ausencia, a rescatar de las profundidades de la desmemoria todas aquellas cosas que mueren cuando una persona nos deja. Cuántos relatos se pierden en la inmensidad de este misterio que todo lo envuelve, cuántos rostros, cuántos nombres ya no serán nombrados, cuántas historias ya no se convertirán en brisa al salir de sus labios; cuántas canciones no volverán a ser escuchadas jamás. Cuántos mitos y leyendas del monte quedarán huérfanos, cuántas vidas alrededor de un fuego habrán desparecido junto al cuerpo y la memoria de él.
Creemos que una persona nos abandona pero es, en verdad, un pedazo de la historia la que se aleja para siempre.
Por eso celebramos y aprendemos de la sabia costumbre de recordar.
Aún podemos verlo de espaldas, cargando un balde de agua, que alberga la felicidad de lo cotidiano, hacia su casa. Aún respira su recuerdo en quienes recuerdan y siguen sus pasos; vivirá en aquellos que agotan los caminos que él transitó, aún cuando la meta sólo sea visible al pisarla. Vive en cada niño y en cada gota de su historia que haya salpicado unos oídos atentos. Vive en su comunidad. Vive en nosotros, en esa difusa línea que ya no separa a unos y a otros, sino que nos une y hermana más que nunca. También debemos llevar a todos los rincones su/nuestra historia.
Casi podemos observarlo mientras camina pausado, con un gorro que lo protegía del sol y de quién sabe cuántas otras cosas, con una sonrisa tierna y ajena a los años, con varios dientes menos, diciendo, casi sin querer, que lo imprescindible nace de lo intangible y no de la materia. Aljibes, puertas, ventanas. Lo magnífico de ellos reside en los huecos y no en sus fastuosas construcciones.
Nos regalaba en cada encuentro su sonrisa despojada de barreras. Lo recordamos al lado de la comunidad, acompañando, transmitiendo, caminando. Es cierto, ahora falta un caminante, pero ya es parte del camino.
Por eso, preferimos creer, que en ese eterno abrazo con la tierra no lo estamos enterrando, sino que, en esa comunión con el suelo, lo estamos sembrando.