
Durante nuestros primeros días en Las Lomitas y ante la insistencia de la lluvia, que se empecinaba en embarrar y seguir aislando los caminos que comunican el paraje de El Simbolar con la ciudad -aún más-, haciéndolos intransitables, decidimos dirigirnos por caminos no menos engorrosos aunque un poco más firmes, hacia la comunidad Pilagá del km.14, ubicada, precisamente, a 14 kms de la ciudad lomitense. Allí, según nos habían comentado, vivía el presidente de la Federación Pilagá, Bartolo Fernández, la autoridad máxima de la entidad encargada de nuclear a todas las comunidades de esta etnia.
Considerábamos de vital importancia tener un primer acercamiento con esta autoridad para comentarle de nuestro trabajo y poder ayudarlos. No como un agente externo y esporádico, sino como parte de un mismo proyecto y una misma lucha. Que es, por otro lado, la que consideramos la mejor, y quizás la única, forma de ayudar: desde adentro, involucrándose y haciendo de sus luchas las nuestras. Las de todos. Dejando de una vez por todas la distinción Uno-Otros, dejando de ver a Otros con los ojos de Uno para transformarnos en un mismo cuerpo y conformar un gran Nosotros.
Así que decidimos emprender el viaje, a pesar del frío, la lluvia y el mal estado del camino.
Al descender de la camioneta en el km.14 sólo pudimos ver las típicas casas de adobe y paja, hechas con más ingenio que materiales, y algunos perros sueltos que salieron a nuestro encuentro. Decidimos caminar hacia una de las casas desperdigadas sobre el paisaje árido, extrañado de verse invadido por la humedad de la lluvia que caía incesante. Tan extraño como lo éramos nosotros a esa geografía que con el correr de los días nos fue envolviendo junto con sus gentes hasta hacernos sentir parte del paisaje. En una de las casas nos indicaron cómo llegar al lugar donde se encontraba Bartolo. Hacia allí nos dirigimos sin saber con qué íbamos a encontrarnos. Nuestra imaginación había construido varios modelos de personas en las que podría encajar un hombre de tamaña autoridad y responsabilidad; pero en seguida se derrumbaron por completo al ver a ese hombre de pequeña estatura, ya curtido por los años, que salió a mitad del camino a preguntar quiénes éramos nosotros y a presentarse como Bartolo Fernández.
Con el tiempo supimos que la fortaleza de aquel hombre de 60 años, residía en lugares mucho más recónditos e inexplorados por la vista; y no en la superficialidad de un cuerpo.
Oíamos, sin poder decir nada, lo que nos contaba. Como si el esfuerzo por asimilar sus palabras y atesorar ese momento, nos impidiera expresarnos. Hablaba pausado, sin prisa, entrelazando sus pacientes palabras con la tranquilidad del lugar y haciéndonos percatar a nosotros, capitalinos, que no hay razón para llevar nuestros apuros a aquel lugar invadido por una paz ancestral.
Pensaba cada cosa antes de decirla, buscaba dentro de sí cada palabra que iba a utilizar, armando cada oración con prolijidad de artesano. Como con respeto, aún, por seguir rompiendo el silencio de tantos años.
Pudimos así, con el correr de los días y las visitas, entre mate y mate, ser los destinatarios de un relato extenso que nos permitió conocer sus inquietudes y contarles las nuestras. Que, por suerte, no iban por caminos paralelos sino que se cruzaban y entrelazaban constantemente.
Su lucha actual está en evitar que la intendencia de Las Lomitas, les quite parte de sus tierras para pavimentar la ruta que contornea su comunidad. Sus pedidos son pacíficos, no cortaron ni cortarán rutas para reclamar, aunque la intendencia espera con ansias que esto suceda, para arrojar sobre ellos todo tipo de calumnias infundadas que servirán para construir un falso estereotipo de las comunidades originarias, como se ha hecho durante tantos años.
Su lucha está en la educación; reclaman un secundario para que los niños que tienen la posibilidad de terminar el primario puedan tener como opción un nivel de instrucción superior que le dé mayores herramientas para construir su futuro, pero sin tener que abandonar su comunidad.
También es su cultura la que tratan de preservar, para hacer de ella una raíz fuerte. Durante más de 10 años han trabajo arduamente para crear un manual escolar Pilagá-Castellano, con el que los niños puedan aprender en la escuela no sólo un idioma ajeno, sino también su lengua materna y hacerla, así, perdurable en el tiempo.
Tan solo falta aprobación por parte de la provincia, ya que el proyecto ha sido aprobado a nivel nacional. Nada parece indicar que, al menos en el corto plazo, ésta aprobación se haga realidad. Nos comprometimos a conseguir 20 copias de este preciado documento para que pueda ser repartido entre las distintas comunidades y que la preservación de los distintos factores que componen una cultura no estén sujetas a la burocracia estatal.
Todos los obstáculos “naturales” de los organismos gubernamentales y la falta de políticas acordes a las necesidades de las minorías, se acentúan al tener que trabajar con los pueblos originarios. Ellos lo saben, pero no bajan los brazos y seguirán golpeando puertas allí, en Formosa, o en Buenos Aires, porque, como nos dijeron: “Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires”. No pudimos dar Fe de eso.
