30 jul 2010

CRÓNICA DE NUESTRO VIAJE 2010

En la segunda quincena del pasado mes de julio, los miembros del grupo A pulmón emprendimos nuestro segundo viaje oficial a la provincia de Formosa, intentando obtener el mismo éxito que en nuestra primera experiencia llevada a cabo un año antes.
Haciendo base en el albergue municipal de Las Lomitas, nuestra idea era visitar en forma diaria la escuela Nº 95 de El Simbolar para desarrollar allí distintas labores que tenían que ver tanto con la escuela misma como con la comunidad, y que iban desde llevar donaciones de ropa, alimentos, medicamentos y pupitres hasta el mejoramiento edilicio de la escuela y el comedor.
El Simbolar es un paraje alejado y de difícil acceso, emplazado en medio del monte a unos 37 km de Las Lomitas y al que se llega exclusivamente por un camino de tierra. Su comunidad, conformada por aborígenes de la etnia pilagá, está constituida por unas 22 familias que habitan en precarias viviendas de troncos y adobe que se sitúan en un radio cercano a la escuelita.
Lluvias que precedieron a la llegada de nuestro grupo y que incluso persistieron durante los primeros días, hicieron imposible el acceso ya que el camino enlodado se había vuelto intransitable. Lejos de desanimarnos, aunque algo frustrados por nuestra mala suerte, aprovechamos aquellos primeros días para terminar de proyectar el trabajo venidero y para organizar las donaciones de ropa según la constitución de cada familia. El día miércoles 21 tuvimos la oportunidad de visitar otra comunidad pilagá denominada Kilómetro 14. Allí nos relacionamos con su gente, jugamos con los niños y entregamos donaciones de ropa, y conocimos al presidente de la Federación Pilagá de Formosa, Bartolo Fernández. Quedamos entusiasmados por la hospitalidad con que nos recibieron, su apertura para compartir su realidad y su cultura. Allí tuvimos acceso al primer diccionario pilagá-español, algo que desde hacía un año era parte de nuestra fantasía. Gracias a la generosidad de su gente tuvimos la oportunidad de fotocopiarlo y atesorarlo, algo que valoramos como creemos que se merece tanto el gesto como el libro en sí. De allí nos volvimos trayendo con nosotros la imagen de una comunidad numerosa, con muchas necesidades pero con una gran entereza, cultura y dignidad. Las puertas quedaban abiertas para visitas futuras.
Llegado el día jueves, nuestra ansiedad por hacer pie en El Simbolar no resistió más y, pese a que el camino no estaba apto para ser recorrido en vehículos comunes como coches o camionetas, recurrimos a un tractor al que enganchamos un pequeño acoplado de madera y en él nos subimos decididos a tener nuestro primer contacto con la escuela, sus chicos y familias. El viaje, que duró unas tres horas y que incluyó el pinchazo de una de las ruedas del acoplado, finalmente acabó. La recepción fue maravillosa, especialmente por los niños que aguardaban nuestra llegada con tremenda ilusión. Era evidente que de nuestro viaje anterior habíamos dejado huellas en sus corazones, huellas que permanecían frescas a pesar del tiempo transcurrido. Recordaban nuestros nombres, nos abrazaban, se colgaban de nosotros regalándonos sonrisas que irradiaban una alegría plena y pura y que brotaba de sus rostros haciéndolos brillar. Fue el día de la presentación: aunque ya nos conocían, Ricardo, el maestro, transmitió a la comunidad nuestras intenciones de trabajar junto a ellos en el mejoramiento de la escuela, trabajo cuyos frutos serían en beneficio de los 40 chicos que asisten a ella. El cacique Silverio, presidente de la comunidad pilagá de El Simbolar, nos dio la bienvenida oficial y se comprometió junto a su gente a darnos una mano en todo lo que les fuera posible. Y esa era la idea: trabajar juntos, sumando aportes de unos y otros para conseguir los objetivos prefijados, aunque sabíamos que compartir trabajo y vivencias con ellos ya era un objetivo en sí mismo que nos enriquecería y afianzaría la amistad iniciada un año atrás.
Al día siguiente ya pudimos empezar con el trabajo. Llevamos herramientas y materiales como para dar inicio a la labor: pintar el comedor y el jardín de infantes; construir un gallinero junto al comedor; instalar una plaza de juegos para los momentos de recreación de los chicos; construir una cabina para la futura instalación de una radio con la cual estar comunicados con el hospital de Las Lomitas.
Los trece que éramos, junto a los hombres de la comunidad, nos dividimos las tareas y trabajamos desde la mañana hasta la tarde. Luego tuvimos un momento de distensión pero también de aprendizaje. Chacho, un joven de la comunidad, nos dio una clase de lengua pilagá: aprendimos cómo se escriben y pronuncian algunas palabras y algunas frases como: onaic nhelok ( Buenos Días) ; jhayem sonataxatac ( estoy trabajando);
maiche qaraye(nuestra familia);sewalaiyac ( vamos a jugar);jhayem sequevo ( me voy a casa);ansauatec ( te quiero mucho); qadañia!ak ( A Pulmon).
Después fue el turno del inevitable partido de fútbol. En la cancha de tierra, ellos pilagás y nosotros “gringos”, confraternizamos a través de esta pasión nacional que no conoce distinciones de razas, edades, clases sociales ni religión. El resultado del encuentro fue anecdótico; lo importante era compartir algo que nos igualaba más allá de todo, unidos por ese lenguaje universal de la pelota que manejábamos por igual.
Con el atardecer emprendimos el regreso que, en ese camino de tierra todavía algo fangosa, se hizo largo y difícil.
A la mañana siguiente un nuevo y radiante día de trabajo nos esperaba. Para entonces esos cielos grises, encapotados y lluviosos, habían quedado en el olvido. El sábado fue un día de sol a pleno, de una temperatura que ya pasaba de agradable a algo calurosa.
Continuamos la labor iniciada el día anterior, trabajando junto con la comunidad hombro a hombro. Tareas como preparar la mezcla, enclavar postes de troncos de quebracho o palo santo, pintar paredes, armar las estructuras para los futuros juegos de plaza, reparar ventanas, entre otras cosas nos mantuvieron unidos en la acción durante todo el día. Pese al cansancio no pudimos evitar la revancha del partido del día anterior, y con el resto de energía que nos quedaba volvimos a trajinar la canchita de tierra hasta que el sol empezó a declinar. Cansados pero felices por otro día compartido de trabajo y vivencias, volvimos en la Trafic hasta el albergue de Las Lomitas.
El clima no paraba de darnos sorpresas. El domingo amaneció nublado, amenazante. Si bien lo teníamos pautado como día de descanso, por temor a no terminar la labor por los primeros días perdidos y también por temor a nuevas lluvias, decidimos ir a El Simbolar para seguir trabajando en la escuela. Estuvimos hasta las primeras horas de la tarde y de allí nos fuimos a la comunidad del Km 14 para devolver los diccionarios que Don Bartolo nos había prestado y terminamos de repartir algunas donaciones que nos habían quedado pendientes.
El lunes fue un día especial. Era el retorno a clases para los chicos de la escuela, tras el receso invernal. Salimos bien tempranito para llegar a horario. A las 8.00 los maestros ya estaban preparados para iniciar el segundo período del ciclo lectivo. De a poco los chicos, con sus guardapolvos blancos impecables, fueron llegando, algunos de ellos descalzos pero llenos de ilusiones y ganas de aprender. Hicieron la formación y, tiritando de frío, cantaron el himno. Emocionaba verlos, tan chiquitos, tan vulnerables y fuertes a la vez, tan dignos…Algunos de nosotros les prestamos nuestras camperas para ayudarlos a resistir el frío. Les preparamos una leche con chocolate caliente y repartimos un alfajor para cada uno. ¡La cara de felicidad cuando vieron lo que había de desayuno! Luego ellos entraron a clase y nosotros seguimos con todo nuestro trabajo. Ese cuadro, esa imagen de los chicos cantando el himno con su guardapolvo blanco y “en patas” quedaría grabada en nuestras retinas y en nuestro corazón y nos inspiraba para poner más empeño aun.

El martes repetimos la experiencia. Llegamos bien temprano para darles el desayuno y acompañarlos en sus primeras horas de clase. El mismo frío nos acompañó, la misma situación.
Por la tarde participamos de una reunión con los adultos de la comunidad. Compartimos con ellos quiénes éramos, nuestros objetivos, nuestros deseos de ayudarlos en lo que nos fuera posible. Muchos de ellos, pese a ser el segundo año que los visitábamos, seguían sin entender bien nuestras intenciones. Es que no están acostumbrados a que alguien se acerque y brinde su ayuda sin segundas intenciones, sin buscar algún tipo de rédito; una larga historia de abusos, de manipulación y de decepciones cargan en su pasado. El cacique Silverio fue traduciendo lo que nosotros decíamos al pilagá, ya que muchos de ellos no manejan el castellano. Luego de una larga asamblea tuvimos la hermosa sensación de que empezaban a comprendernos, que entendían que nuestra ayuda era desinteresada y de corazón, y de que poco a poco nos aceptaban como amigos. Ganarnos su confianza habría de ser uno de los mayores logros, y satisfacciones, de todo nuestro viaje.
El día siguiente fue otra jornada de arduo trabajo. Arrancamos bien temprano; cargamos el camión que Gendarmería puso a nuestra disposición para el traslado de las donaciones. El “1114” explotaba: comida, ropa, libros, calzado, bancos y sillas para el comedor, pupitres para el jardín de infantes, entre otras cosas…
Una vez en la escuela, se organizó el depósito de alimentos en el comedor. Las chicas de nuestro grupo junto con las mujeres de la comunidad se dedicaron a esta labor acomodando todo por producto y por fecha de vencimiento. El resto del grupo seguimos con la construcción del gallinero y los juegos de plaza. Por la tarde hicimos entrega de las donaciones de ropa para cada familia de la comunidad. Al atardecer regresamos, exhaustos, pero con una satisfacción: el potro de la plaza de juegos estaba listo para ser usado.
Y llegó el viernes: el último día de labor, nuestro último día en El Simbolar. Fuimos bien tempranito para poder compartir el desayuno y terminar los trabajos pendientes. Sentíamos una rara sensación. Todo el esfuerzo y el trabajo del año estaban por terminar. Y ese tiempo de compartir con estos chicos y estas familias que tan bien nos supieron recibir. Trabajamos a contra-reloj y ¡terminamos con todo! Las hamacas, los potros, los subibajas, el escalani… todo quedó listo para que los chicos los pudieran disfrutar. Y así fue. Todo el día estuvieron jugando en su flamante plaza. Además pudimos terminar la cancha de vóley, la pintura del comedor, el gallinero y terminamos de acomodar toda la comida en su lugar. Mucho esfuerzo, pero mucha recompensa…
Por la tarde recibimos el regalo de los chicos del jardín, una sorpresa que nos habían preparado para que nos trajésemos de recuerdo: sus manitos estampadas sobre papel con pintura de colores.
Y el momento de la despedida finalmente llegó. Hablamos algunos de nosotros, habló Ricardo, el maestro, habló Silverio, el cacique, y hasta algunos miembros de la comunidad se animaron a expresar su gratitud, su amistad. Fue un momento compartido, lleno de emoción, de palabras y de silencios, de esos silencios que dicen mucho. Nadie quería moverse del lugar. Sabíamos que era el momento de decir “adiós” pero el peso de los sentimientos en nuestros corazones parecía anclarnos en el lugar. Fue un momento muy fuerte, con lágrimas, miradas perdidas, las sonrisas inagotables de los chicos, más silencios, besos, abrazos… Se juntaba en nosotros el cansancio acumulado, la satisfacción de la labor cumplida, la tristeza de la despedida, el afecto atesorado, las promesas de volver. La certeza de tener las puertas abiertas en el corazón de esta comunidad de la que ya nos sentimos hermanos. Y el orgullo de haber conseguido todo trabajando como siempre, a pulmón.